Hablemos
en voz baja
de escurrimientos
de la mirada,
de ver y no mirar nada.
Porque el ojo
tiene rabo,
no es espacioso
y sin embargo,
las imágenes
en sus orillas nadan.
Y aún podemos elegir.
Podemos ver y decir
que no hemos visto nada.
La atención se mueve
en líneas rectas;
el deseo cauteloso,
recoge impresiones
más... selectas.
Los rostros
hechos triángulos,
las estructuras
reducidas a curvas
en los confines
de la mirada burda.
Pero en las esquinas,
no es el ojo el que mira
es el alma desvestida.
El que de frente es mirado,
de frente es maltratado
con juicios a ojo pelado;
más, el que entra por las esquinas,
lento se acerca, se arrima
y se queda un segundo
o toda la vida.
En las pupilas el infierno
verde, azul o negro
pero en el blanco
el vacío de la pureza:
de paisajes
que no se han escogido,
de personajes
que no se han reconocido,
de cuadros
que no querían ser vistos.
en voz baja
de escurrimientos
de la mirada,
de ver y no mirar nada.
Porque el ojo
tiene rabo,
no es espacioso
y sin embargo,
las imágenes
en sus orillas nadan.
Y aún podemos elegir.
Podemos ver y decir
que no hemos visto nada.
La atención se mueve
en líneas rectas;
el deseo cauteloso,
recoge impresiones
más... selectas.
Los rostros
hechos triángulos,
las estructuras
reducidas a curvas
en los confines
de la mirada burda.
Pero en las esquinas,
no es el ojo el que mira
es el alma desvestida.
El que de frente es mirado,
de frente es maltratado
con juicios a ojo pelado;
más, el que entra por las esquinas,
lento se acerca, se arrima
y se queda un segundo
o toda la vida.
En las pupilas el infierno
verde, azul o negro
pero en el blanco
el vacío de la pureza:
de paisajes
que no se han escogido,
de personajes
que no se han reconocido,
de cuadros
que no querían ser vistos.